50 fantasias comunes en las mujeres

Que tu ex novio te pida perdón de rodillas.
Que tu ex novio te pida que vuelvas con él de rodillas.
Que tu ex novio te pida que vuelvas con él de rodillas, ya estés enamorada de otro y le digas que es demasiado tarde.
Hacerte depilación definitiva.
Comprarte una bicicleta fija para poder hacer ejercicio todos los días (aunque todos sabemos que nadie usa una bicicleta fija una vez que la tiene)
Enamorar perdidamente a hombre ermitaño, oscuro y torturado, que jamás se haya fijado en otra mujer.
Bajar de peso espontáneamente porque tenés mucho trabajo y te olvidás de comer.
Que él llame - finalmente - para explicar que el motivo de su silencio era que había perdido tu número telefónico.
Tener sexo con un profesor (siempre nos encanta algún profesor).
Que dos hombres se agarren a las trompadas por vos.
Que los diseñadores hagan menos toreritas color naranja alerta para deslumbrar a sus colegas, y hagan más pantalones negros para deslumbrar a sus clientas.
Que salga al mercado un dulce de leche bajas calorías de verdad.
Poder tocar el control remoto alguna vez.
Tener un admirador secreto.
Llegar a ser viejita al lado de tu pareja.
Que tu primer novio (quien probablemente ya tuvo muchas novias, una esposa, hijos y nietos) haya estado siempre enamorado de vos.
Cuando tenés cinco años: casarte con el compañero de facultad de tu hermana mayor.
Hacer un pacto con el diablo y –sin importar lo que comas- no volver a engordar nunca más.
Cada vez que estás menstruando y te duele la panza: que te extirpen el útero, que te aten las trompas, o incluso que te vacíen toda.
Poder usar remera sin corpiño y que todo quede en su lugar.
Comprar compulsivamente sin preguntar los precios, llevar cada prenda en varios colores y, cuando llegás a tu casa, desparramar todo sobre la cama para mirarlo.
Que lo que haya dicho la tarotista o el horóscopo sea cierto.
Usar los más viles aros de lata, alambre de púa o chatarra repujada y que no te den alergia.
Cambiar a un hijo de puta.
Ser la más linda de una fiesta, de la universidad, de un grupo de amigos, o -aunque más no sea- de la familia.
Acostarse con un desconocido.
Dejar de perder la lima de uñas, la pincita de depilar y el alicate una vez por semana.
Tener un vestidor o un placard con organizador para zapatos.
Encontrarte con el hombre que te rompió el corazón justo cuando estás más flaca, más linda y mejor vestida.
Empezar el gimnasio, ir a correr, o a clases de natación, y mantener esa rutina durante años.
Descubrir qué clase de enferma mental sigue diseñando corpiños con la taza en punta.
Cada vez que salís un sábado por la noche con amigas: conocer al amor de tu vida.
Cada vez que te enamorás y no te corresponden: que existan las pócimas de amor.
Saber a dónde van a morir las tapas de los tupperwares.
Que esa infeliz que habla todo el día de lo perfecto que es su marido, se entere de que es cornuda.
Que tu pelo se mueva como en la publicidad de “Pantene“.
Que tu pareja no se parezca a la de tus padres.
Poder detectar qué zapatos te van a mutilar los dedos antes de comprarlos.
Encontrar a los mogólicos que diseñan bikinis para explicarles que la parte de abajo y la de arriba rara vez le sirven a la misma mujer.
Cuando tenés una cita: que si el hombre resulta ser un imbécil, te reintegre el dinero que invertiste en peluquería y vestimenta.
Que el talle “M” sea siempre “M” de “medium” y no “M” de muñeca Barbie.
Que alguna vez ellos contesten la pregunta “¿En qué estás pensando?”.
Tener un cuerpo perfecto para poder tirarte encima cualquier trapito de oferta.
Que los poros finalmente se cierren, que las estrías se borren, que las puntas del pelo se regeneren, que la celulitis se alise, que los brazos se tonifiquen, que la panza se endurezca y que la cola se levante sin hacer demasiado esfuerzo.
Que él por fin se de cuenta de que “serían perfectos juntos”.
Cuando el amor de tu vida ni te registra: que sorpresivamente te declare su amor
Que la empleada doméstica deje de meter tus corpiños con aro en el lavarropas.
Que tu hermana menor deje de usarte la ropa.
Volver a ser soltera.
No ser la última de la familia en casarte.